Vamos a empezar aqui una nueva tanda de cuentos, una 2º edición,que los otros ya han quedado lejanos en el blog. Ya sabéis, una frase común al inicio y luego cada uno continúa como quiera. De todas formas si pincháis en el tag cuentos os irán saliendo todas los artículos en los que se hayan publicado los cuentos, por si queréis leer los anteriores. Que fluya!!
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La frase de esta semana:
"No tuve dudas que eras tú"
Ánimo, vamos a escribir...
Cuando se juntó la miga de pan seca en la garganta con la taquicardia no tuve dudas de que eras tu.
No tuve dudas de que eras tú al ver tu reflejo verde en aquella bolsa. Le escribía, encogida en lágrimas, una mandarina a su inmaduro limón.
No tuve dudas de que eras tú el que dibujaba las nubes para arrancarme una sonrisa en este día gris.
No tuve dudas de que eras tú hasta el día en el que supe que no lo eras. ¡Y no tengo nada más que decir!
No tuve dudas de que eras tú, aun olías a muerte.
No tuve dudas de que eras tú, nadie más por aquel lugar se hubiera atrevido a estamparse así. Nos conocimos arriba, en la nube menos blanca. Yo te hablaba del primer salto, es el mejor. Después se intenta y se intenta pero nunca la ostia es tan hermosa como la primera vez. Tu te encogías de hombros, tímida, con la mirada baja. Tenías miedo, siempre se tiene miedo la primera vez. Pero hoy era el día. Te prometí saltar primero. Lo mío fue lo de siempre caer y caer, con los ojos llenos de lagrimas por el viento. El golpe fue contra la parte de goma del parachoques de un coche, que paradoja. Pero al instante te vi chocar ti, como una princesa en el día que se convierte en reina. Un impacto limpio sobre la letra z del rótulo del local de conciertos del numero once de la calle espasmos. Fue maravilloso. Recordé que un día fui joven, lloré hasta secarme por completo.
La frase de esta semana es:
"Traéme una cuchara de hierro"
A escribir...
Tráeme una cuchara de hierro, ¿crees que se puede excavar bien con las manos?
No necesito pasar mas tiempo en esta celda, aunque a veces lo parezca no soy ningún adicto a la cautividad.
"Traéme una cuchara de hierro"
Miraré disimuladamente mi reflejo en ella...
¿como me siento hoy?
¿cóncava o convexa?
Aunque no hay tema puesto mando este cuento.
Vivía en la rabia. Cuando pasaba por un parque los bebes chillaban, a la gente se le rizaba el bello y se les ponía la piel de un tono cetrino, miraban al suelo con los ojos bizcos mientras un escalofrío les torcía la espalda.
Completamente ajeno al por qué de estas reacciones, pensaba que todo lo que le rodeaba era idiota.
La frase de esta semana es:
"Ante todo, nada me detuvo".
Vamos chicos a escribir, ánimo.
Me pusiste aquel nombre pero pudo ser cualquier otro.
Cuando pensaba en el futuro rebuscabas entre tus recuerdos.
Cuando hablaba con alguien te escuchaba repetir las frases en alto.
Cuando sufría tus lágrimas mojaban el papel.
Cuando las dudas nublaban mi mente tu lápiz tachaba y tachaba.
Cuando vi mi rostro, sólo,
marchito frente al espejo,
no tuve dudas de que eras tu.
-Tráeme una cuchara de hierro, por favor.
El camarero no respondió. Había dos mil personas bailando en aquel lugar. Sólo de pensarlo le entraron escalofríos.
-¿Porqué pides el ron con naranja?
- Siempre me equivoco, que más da, nadie pide las copas para degustarlas.
Miró a su alrededor. Volvió a notar algo de vértigo. Siempre es lo mismo, una y otra vez. El lugar importa poco. De nuevo diría cosas que nadie entendería. Las mismas conversaciones compitiendo por un poco aire. Las mismas palabras golpeándose contra un muro de ruido e indiferencia.
-¿Sabes porqué creo que aprendo?- dijo- Porque constantemente me doy cuenta de que estoy equivocado.
Había llegado a mi destino.
Bajé del tren (aunque no puedo asegurar con total precisión si fue en tren como llegué, ya que no recuerdo nada del viaje, sólo de la llegada).Debí atravesar bastante rápido la estación, pues no era mas que un recuerdo difuso mezcla de tantas y tantas estaciones. Al salir a la calle, con mis dos macutos a la espalda, la luz no era diferente; Era la misma luz y la misma atmósfera de los otros sueños.
Las calles estaban vacías, relucientes y vaporosas como si acabase de llover. La luz pertenecía a ese instante impreciso de antes de amanecer o bien, a esos días totalmente cubiertos en los que no puedes apreciar ninguna nube en el cielo, sino una especie de vaporosa indefinición en la que el tiempo se detiene, dirigiendo implacablemente los ojos hacía el suelo en un intento de aferrarnos al duro pavimento frente al vértigo que se extiende sobre nuestras cabezas. Esa luz, se encuentra a medio camino entre la luz natural y la artificial, impregnando de irrealidad los sueños. La atmósfera, líquida, desdibujaba los contornos, descomponía las casas, oxidaba las calles vacías.
La silueta de un niño se perfiló en la distancia y pronto estuvo junto a mí. Tendría entre ocho y diez años, vestía con harapos, y su rostro estaba sucio y oscuro. Me pedía dinero violentamente, acosándome. Mi trato indiferente no parecía surtir efecto y mi desdén se iba transformando en ira a medida que se acercaba más y más, a medida que sus manos, rápidas como culebras, palpaban mi cuerpo y mis mochilas sibilinamente. Procuré sujetar sus hábiles manos, mantenerle distanciado, amenazarle, pero no conseguía disuadirle de su propósito. Me agobiaba, me encimaba, me asfixiaba. Hastiado, le empujé fuertemente, tropezó y cayó al suelo.
Aún no he hablado acerca del propósito de mi viaje, aunque fue probablemente en ese momento, ante la inminencia del peligro, cuando lo recordé. Había venido a verte a ti, Ana. Había llegado el momento definitivo y el encuentro definitivo. Tal vez sea por eso que en los sueños, las personas se nos aparecen con el rostro de otros, con personalidades múltiples e intercambiadas, y en función de la naturaleza de nuestros sentimientos hacia ellas, éstas vayan fluctuando.
Cuando estuvo lejos, cuando le aparté, tuve por primera vez la impresión de que aquel niño eras tu. Observé como se alejaba y sentí miedo de aquellas calles vacías. Sentí que pese a todo prefería la compañía de aquel ladronzuelo a la soledad. Mientras le reclamaba, le vi entrar en una pequeña tienda de comestibles. Frente a la incredulidad del tendero alzó una bolsa de naranjas que casi le excedía en tamaño y salió alegremente de la tienda.
Maravillado ante aquellas manos tan diestras en el latrocinio y aquella joven resolución, le salí al paso. Bromeábamos y nos reíamos, recuperando la distancia perdida. Yo le cogía del hombro mientras caminábamos. No había maldad en él. Me dijo que antes, me había robado la cartera, pero que pensaba devolvérmela. Antes de que yo contestara que aquello era imposible, que me habría dado cuenta, le vi sacarla del bolsillo. Me la devolvió y reí con asombro y admiración al mismo tiempo. Continuamos caminando despreocupadamente, sin ver a nadie, sin cruzarnos con nadie. Ahora, yo había guardado la cartera en mi mochila, a mi espalda. Le aposté que no sería capaz de cogerla de nuevo. Él estaba seguro de que si podría. Dando saltitos debido a su corta estatura y trepando sobre mí trataba de alcanzarla por detrás de mis hombros. Yo me mofaba. Él saltaba y jugaba hasta que tropezamos con un coche aparcado en la acera. Yo apoye mi espalda contra la ventanilla. Me recliné y le permití trepar y abrazarme, de manera que pudiera deslizar sus manos hasta mi mochila. Fue entonces cuando confirmé mi primera impresión, al mirar a aquel niño, no tuve dudas de que eras tu. Abrazados, te vi alzar la mano con lo que yo creí que era mi cartera. La luz se reflejó en la hoja y me deslumbró. Comprendí que era un cuchillo cuando lo sentí hundirse entre mis costillas.
Hay demasiados caminos, demasiada gente, demasiadas ideas.
Reduje mis estímulos, volqué mis sentidos hacia dentro.
Me aparté del mundo, descarté obsesiones para quedarme con una sola.
Para quedarme con un pequeño universo más manejable.
Ante todo, nada me detuvo.
Comencé a aprender más y más sobre menos y menos.
Comencé a alcanzar un punto en el que comprendí
que lo sabía todo
sobre nada.
Había decidido confesarlo. Eso le liberaría.
Mientras un desconocido le metía un codazo en el atestado autobús lo supo.
No aguantaría ni un minuto más como siempre.
Bajó del autobús, donde nunca a cotumbraba a hacerlo.
Paró en una cabina de teléfono.
Tic nervioso se le asomaba tímido en la comisura izquierda mientras marcaba un número.
Hola. Soy yo.
Voy a suicidarme.
Colgó el teléfono.
Tic se fue dejando paso a su madre sonrisa clara.
Salió de la cabina, respiró aire fresco, nuevo y pensó lo reconfortante de poner fin a algo.
Hasta aquí hemos llegado amigos.
Hola mira mi blog lo acabo de abrir tu me puedes ayudar!
esta muy lindo tu blog.
saludos!!! http://cuentanosquecuentas.blogspot.com/